milio de bolengo
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8 Marzo 2006
31 Octubre 2005

Clara siempre me mira antes de pedirme algo, como abrirle la puerta, darle de comer, o jugar con ella tirándole bolitas de papel higiénico que hago si voy al baño.
En las mañanas, cuando me despierto lo primero que veo es su redonda cara amarilla Una húmeda nariz rosada parecida a un pedacito de esponja, roza mi mejilla. Huele a bebé. Prrrrr.
Ya voy rubia, le digo, ya voy, pero es tan difícil levantarme de la cama.
Después del prrr "tengo hambre" vienen los saltitos alrededor de alguien que siendo yo misma todavía no sale del último estadío del sueño, como si aún estuviese dormida habló despacio y trato de recordar que fue lo que ví en la última escena del sueño.
Miaaauuu!. Ya voy; le digo, la veo sentada en el borde del sofá apuntando con la mirada. Anoche soñé que podía volar, y que no le tenía miedo a las alturas, soñé que trepaba por una pared y que tu me mirabas desde abajo. Me sentí libre, como si de verdad pudiese elevarme por encima del suelo, saltar de un lado al otro, cogerme de los marcos de las ventanas, asirme de los ladrillos dispuestos en salientes, caminar por el borde las cornisas sin atisbo de dolor en el estómago, y saltar, volar sin prisas, sin un ceño fruncido empañando mi tranquilidad, por eso me molesta tanto haber despertado.
Siempre tienes sueños raros.
Jaike se despereza y me besa en la frente. Su enormes manos de arcilla me toman del rostro.
Chanchis, siempre tienes sueños raros, deberías escribir sobre ellos.
Ven Kira, sube!
Kira tiene enormes ojos verdes, nunca grita, o salta alrededor de uno, es feliz subiéndosele al pecho a Jaike, ronroneando cantitos cortos para
finalmente dormirse es esa especie de montaña cálida que es su estómago. Después de tanto tiempo sin compañía masculina encontró en Jaike a ese gato grande que la defiende de Clara.
Oye, le grito desde el baño, no las subas!
Todavía no me animo a abrir el caño, no me provoca esperar la vida entera que le toma al agua asomar las narices por esa oscura caverna. A esta hora es tan tedioso quitar la tapa de la pasta de dientes como sacar al cepillo de su cómoda e improvisada guarida.
Miauuuu, grrgrgrg
Las dos gatas esperan en la entrada del baño a que decida terminar mi
ceremonia de aseo.
Recién me voy a bañar, les digo mirándolas de reojo.
El televisor se ha encendido, escucho ruidos, pero no logro entender sobre que hablan.
Afuera los carros pasan sin detenerse.
Un perro ladra y otros lo siguen. Parecen un coro desafinado.
Carajo, animales de mierda!. Jaike se levanta, se mueve tan rápido como lo haría una gigante montaña de arcilla.
Abre la puerta de la terraza hace tanto ruido que uno cree que está furioso, pero no, no grita. Se queda ahí viéndolos; son perros dice, y estos antes que los gatos han crecido con el. Su historia es de fox terriers corriendo a su lado trepando montañas o trayendo pelotas gastadas de tanto remojarse en la piscina, perros buzeando y trepando árboles, persiguiendo equinos que llevan llantas por patas , perros destrozando su ropa y mordiendo sus manos, durmiendo con el cuando no debían, persiguiéndolo por jardines enormes o compartiendo su comida Perros en sus pinturas primero, siempre, antes que gatos.
Las gatas de asustan con tanto griterio, y es lógico, lo grave de su voz no se compara a mis agudos chillidos consentidores. A esta hora de la mañana todo parece nuevo, el ruido en la calle, los carros pasando sin detenerse, gente hablando, niños llendo a la escuela, el olor de la comida que prepara la vecina metiéndose por debajo de la puerta, colándose por entre las ventanas semi abiertas, las gatas, a quienes conozco hace tanto tiempo vuelven a la rutina de contorsiones complicadas, a sus felinos rituales para despertarse, y está, la imagen que se esconde en el espejo a quien aún no termino de reconocer.
Uno se acostumbra de a pocos a aceptar que no tienes más esa mirada de querer saber todo, tus propios ojos te han domesticado, te amansaron con el tiempo, y tu sonrisa oculta esa sabiduría prematura que estás aprendiendo a escuchar.
Enciendo la therma y espero a que el agua se caliente.
Menudas gotas se escurren por entre mis dedos.
31 Octubre 2005
A veces me gustaría detener el tiempo, pero es tan difícil tomarlo del cabello volátil y frugal que casi casi no puedo verlo venir. Siempre pasa corriendo y me pregunto si no será que ya está cansado de ir y venir por aquí y por allá y no llegar nunca, llegar muy tarde o tannn temprano.
A veces me quedo viendo la luna, tan redonda ella, tan grandota e irreal y me dan tantas ganas de amarrarla desde la ventana pequeñita de la casa que dibuje para nosotros guardarla en el cajón secreto del baúl junto con todas esas cosas imposibles que contemplo cada tanto, el libro de peces para colorear, el recuerdo de mis huellas en la playa cuando tenía cinco años disueltas ya en una arena blanca que se se escurre entre mis dedos, la correa roja para pasear a Clara la gata rubia, la cucharita de plata de la abuela con una cabeza diminuta que cuentan la redujo un jíbaro, y la única carta de amor que alguien alguna vez me dedico.
Quisiera, sabes? poder volar y ser tan ingrávida como el aire mismo, retozar como saben hacer las aves caminando por el borde de las cornisas, ir como ellas muy alto hasta rozar las nubes con la nariz y llegando ahí decirte que si es cierto, que están hechas de algodón.
Me gustaría tanto Adriana irnos en el auto recortable que encontramos en un libro para grandes, sacar la cabeza por la ventana y dejar que el viento nos despeine tanto como quiera porque esa es su manera de hacernos saber que le gustamos y con miles de manos pasa tocando tu cara y la mía y se va, enredando nuestro cabello, volviéndolo esa especie de nido extraño y cantar a gritos esa canción de lengua desconocida pero que de tanto escuchar sabemos ya de memoria; perdernos otra vez y por siempre en la loca carrera para alcanzar al tiempo, ese del cabello volátil y frugal cansado de ir y venir por aquí y por allá y no llegar nunca, llegar muy tarde o tan temprano.
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