Categoría: sin titulos
7 Enero 2006
" Uno acepta el mundo, poco a poco, y muere. Comprende la maravilla y la razón de las acciones humanas. El lenguaje simbólico del inconsciente... porque las personas se comunican por símbolos, ¿te has dado cuenta?, como si hablaran un idioma extraño, chino o algo así, cuando hablan de cosas importantes, como si hablaran un idioma que luego hay que traducir al idioma de la realidad. No saben nada de sí mismas. Sólo hablan de sus deseos, y tratan desesperada e inconscientemente de esconder, de disimular. La vida se vuelve casi interesante cuando ya has aprendido las mentiras de los demás, y empiezas a disfrutar observándolos, viendo que siempre dicen otra cosa de lo que piensan, de lo que quieren en verdad... Sí, un día llega la aceptación de la verdad, y eso significa la vejez y la muerte. Pero entonces tampoco esto duele ya.
servido por maria eugenia
sin comentarios
compártelo
13 Diciembre 2005
Cuando te ví la primera vez sentí que había encontrado
a alguien realmente especial, diferente, un poco parco la verdad
pero interesante al fin y al cabo.
Cuando te ví por segunda vez me di cuenta que esa noche,
la primera, en realidad yo te había inventado.
servido por maria eugenia
2 comentarios
compártelo
29 Noviembre 2005
Pasan las horas, y con ellas se van mis recuerdos inmediatos, perdiéndose en los recovecos intrincados de esta memoria confundida.
Hoy pasé por tu casa, y no sabía si estabas, o si no. Le pedí al taxista que se detuviese un momento porque quería, desde el fondo de mi pena y mi soledad, que aparecieses como cualquier otro día, en medio de la fría avenida a esa hora de la mañana. Me quedé mirando, desde la ventana del taxi, el piso donde vives. No había nadie en la calle, no estaban los guardianes del edificio, tampoco el hombrecito que vende periódicos en esa calle.
No estabas era obvio, no estabas tu ni tu pequeña sombra moviéndose de un lado a otro.
Esperé a que apareciese alguien en algún momento, en esa especie de escenario sin tramoyas, sin piso de madera, sin telón. Sólo una señora con gorro de lana de colores diferentes y botas de piel aparece sin previo aviso, atada a su perro, paseándolo tan feliz y cansada. Se agacha con un poco de lentitud y le acaricia el lomo, dice su nombre con tanta ternura que se me hace un nudo en la garganta. Perro mueve la cola, perro responde pasando la lengua por sus manos. Perro sin correa, da saltitos y hace caninas piruetas en señal de agradecimiento o de afecto.
La nostalgia, esa emoción tan visceral y gaseosa me invade de pies a cabeza; no sólo recuerdo a Milos, mi perro, que a esta misma hora debe estar correteando, o saltando o haciendo exactamente lo mismo con alguien más, sino que también me descubro impávida, silenciosa y profundamente equivocada esperando a que aparezcas, o que en su defecto, finalmente desaparezcas. Perro triste, deja escapar la pelota...
El taxista me mira de reojo, desconfiado, descontento y apurado por la hora que es, supongo que ha trabajado de madrugada y por eso quiere terminar el servicio lo antes posible. Esperar como lo hace es algo que lo mortifica profundamente. Se rasca la cabeza una. No, dos. Se rasca la cabeza tres veces, casca los dientes, los rechina, y escupe por la ventana.
Vamos ya?, me pregunta. Esperemos un rato más por favor, le pido. Desespero, no aparece nadie más, nadie. La mujer del gorro de lana de colores y perro desaparecen. No tengo idea por donde se fueron o en que momento dejaron este escenario sin Milos, sin sombra pequeña alguna, sin sensatez que usualmente tengo al inicio del día.
De la radio del taxi escucho una canción que habla de amores y mitades, de cuartas partes, de traiciones por detrás. Una y una, una y nomás. No quiero verte ni en pintura amargura, no me hables jamás. Una y no más. Lamento gitano entonces.
Solos, el taxista desesperanzado y yo, tan ridícula, con memorias fugando, sin imágenes reales que pueda comparar con el presente. El taxista mira por el espejo retrovisor, cambia de emisora y me dice sin ningún tipo de tino o distancia: usted tiene cara de poeta.
No le respondo, me incómoda la súbita cercanía y confianza que presiento en este extraño, pero es de alguna manera cierto, no porque lo crea, es más bien cara de cojuda que cualquier otra cosa.
La mujer y perro regresan, ella viene caminando despacio; parece que se fuese a detenerse en cualquier momento a punto de caer por el cansancio. Pasan muy cerca a mi, pero no me ven, ni ella ni perro que ansioso y feliz salta a su alrededor para animarla. Trae, ahora si, la pelota que dejó escapar en el acto anterior.
La mujer del gorro de lana de colores y botas de piel se agacha, despacio, le pone la correa a perro, señal inequívoca de que ha terminado su representación matutina. Nuevamente le coge la cara, le acaricia el lomo y lo besa efusivamente en la cabeza. Dice su nombre: Toby.
Perro feliz y cansado, no tira la correa.
Se dejan devorar, sin oponer resistencia alguna, por el edificio espantoso donde vives.
Un día menos, pienso, uno menos que tengo para continuar mi peregrinación por el pasado, en esas pocas horas que me duelen tanto y en el recuerdo de alguien cuyo rostro estoy olvidando.
servido por maria eugenia
4 comentarios
compártelo
27 Noviembre 2005
Quiero escribirte una carta en los últimos 15 minutos que me quedan de vida antes de comenzar a morir nuevamente como todos los días en cada día de mi vida.
Te extraño, no sé porque, no te conozco, pero sé que te extraño, y mucho.
No es acaso patético? Desear a alguien a quien únicamente viste durante unas cuántas horas en tus días de vida y no de muerte.
Extraño tu lejana sonrisa, y tus ojos entrecerrados, tus palabras distantes, y tu presencia de actor extraviado junto a mi leyendo un poema que no recuerdo pero que intuyo seguramente como trato de recordar cada segundo regalado. Hoy recordé que tienes una libreta llena de dibujos y apuntes que no me dejaste mirar, una alfombra roja en el baño de la pared verde, y que me prestaste tu cepillo de dientes. Recordé hoy hasta mi propia imagen apareciendo como si no se tratase de mi misma proyectada en un espejo que no volveré a ver.
Esta deliciosa sensación de dejarme morir por alguien a quien no conozco.
No me ha sucedido, sólo sucedió y te extraño por eso, porque me siento extrañando y escribiendo algo que no leeras nunca porque no me recuerdas, porque ya me olvidaste o porque sencillamente nunca sucedí en tu vida que no es de muerte sino todo lo contrario.
Fuiste tu, y eso me mató. No eras Emilio, o Julio. No fuiste ninguno de los autores que ya conozco, o alguna película, no fuiste el hermano de nadie, o el amigo entrañable.
Por qué no podré saber más de ti?, como si se me hubiese negado el derecho a saberte cerca, a tu respiración cercada por la tristeza, a tu mirada que no busca tan vacía, o yo que me invento cada cosa, cada momento, por pequeño y aislado que parezca. No sufro créeme, pero te extraño y mucho, y seguramente conforme pasen los días estas líneas tendrán menos sentido porque iré olvidando cada detalle, desde tu ropa ordenada, y un afiche de alguna hechicera que trabaja con hongos mexicanos, tu pequeño en fotografía en blanco y negro, y sigue corriendo el tiempo y voy olvidando los detalles, tu casa enorme sin muebles, y libros, sin música encerrada en una cajita silenciosa de una ciudad de mierda, las ventanas sin cortinas y las calles de cartón que se ven desde el séptimo piso.
Eres Hamlet (después de hablar con mi señor Don Quijote, llegamos a esa conclusión), si eres Hamlet y no sería correcto ver a Hamlet en la cola del pan, porque se acabaría toda la magia, y entonces ya no tendría sobre que escribir, o ya no tendría porque escribir esta carta minutos antes de comenzar a morir.
Te extraño, eso lo sé, pero no sé porque exactamente o en que momento dejaré de hacerlo, entonces ya no escribiré cartas sin destinatario, ya no esperaré a saber de tí, o de tu tímida presencia, ya no recordaré absolutamente nada, te habrás ido para siempre,pero ahora en este momento me dueles en la memoria y un poco en el estómago.
servido por maria eugenia
2 comentarios
compártelo
27 Noviembre 2005
No sucedió porque no estuviste.
No te conocí. Y la rosa en el jardín no ha muerto
No han sangrado mis heridas expuestas a la mierda
No he llorado. Yo nunca lloro.
Siempre mi tiempo dando vueltas en un reloj de mentiras
dando vueltas, siempre hacia atrás,
Siempre para volver al momento exacto
en que te confundí con Emilio, pero con ojos más tristes.
No te conocí, y nunca noté lo extraño de tu sonrisa
desdibujada a propósito sólo para verse linda
en tu rostro de cartel extranjero.
Jamás he escuchado tu nombre
y por lo tanto, no lo recuerdo.
Se van tu mirada, y tus manos, y tus ojos y todo tu ser
se van juntos con la señal de no se admiten perros,
y la música estridente y las modelos argentinas,
con Henry Miller, Artemisia y César Moro
y el verso ajeno, las palabras sencillas
en mi corazón tambaleándose, imbécil
en un pecho agitado de pulso lunar,
se van todos por un hoyo en la memoria
No te he visto jamás.
Jamás me contaste que sabías algo, o nada
No sé quien eres y no te amé a oscuras
en una noche sin alcohol de una sala sin muebles,
y de muchos libros, pero sobre todos siempre,
Lin Yutang
No te perdono, pero he olvidado los versos leídos en voz alta,
(que atrevimiento, de madrugada) y tus manos buscando las mías
Fatalmente, mañana no recuerdas nada
de lo que ha pasado esta noche.
Y yo, sigo recordando, que te llamas Alejandro Lira
servido por maria eugenia
7 comentarios
compártelo