Alcohol
Cuando se me acabó el interés que sentía por el, noté con claridad, que lo que había vivido en mi fuero interno en el último mes y medio no era nada más que producto de mis reproches obsesivos, y como digno paciente del psicoanálisis que soy, llamé a todo el mundo, excepto a mi terapeuta, para contarles con lujo de detalles como fue la conversación con el tipo en cuestión.
Esa noche, la tercera que lo veia en mi vida, ( la segunda vez fue desastrosa, patética y francamente bochornosa, para mi), descubrí a un tipo escondido en una botella. Cual genio del medio oriente, ( genio abúlico por cierto), se le podía ver regodeándose en si mismo tras un vidrio denso, color caramelo nadando en un líquido ambarino, dando brazadas cortas, y zambulléndose de tanto en tanto sin detenerse en algún momento a tomar algo de aire.
Me gustaría decir que lo que vi no me afecto, pero si, me afecto, ya no como quien tiene idealizado a cierto tipo de gente, (tengo esa tendencia, a deslumbrarme aún por ciertos temas, en algunas ocasiones de manera casi histérica) sino como quien ve a alguien perdido en si mismo, y no sé sabe si lo que estás escuchando realmente tiene algún sentido, o si por lo menos ya no digamos es coherente; no, al menos honesto en alguna parte de la historia.
Pero el episodio no queda ahí, siendo testigo de tan inesperado unipersonal, me detuve a pensar en mis propias experiencias pasadas por alcohol. En los últimos años de mi vida sin padres castrantes, enamorados celosos o monjas represivas, se me ha ido la mano con la bebida demasiadas veces.
En cuántas de estas ocasiones me han visto propios y extraños haciendo papelones mayúsculos que luego he querido barajar argumentando tensión, tristeza, euforia y hasta ganas de irme a la mierda sin pedir permiso; ciertamente he perdido ya la cuenta.
Cada vez que alguien me ha soltado en la cara como bofetada de telenovela, la frase “ cada quien sabe como mata sus penas”, me han dado ganas de replicar con otra que pertenece a alguien más, “ lástima que no sea legal matar”, y habría que agregar: si matas tus penas que sea sin salpicar por favor.
La última vez que decidí embriagarme sin ningún tipo de remordimiento, salieron a flote casi todas mis penas. No tenía, lamentablemente, un arma para ir liquidándolas en el acto, pero si una botella de vino, y
ahogarlas, según recuerdo, es mucho más higiénico por dos razones: primero porque es un método indoloro, y segundo porque te demoras más, pero seguramente por cuestiones ya de morbo disfrutas los entreactos, y sin embargo, a quien intento engañar? pasarlas por las armas sin protocolos o corte de la Haya mediante, debe ser realmente delicioso.
Como sea, salieron varias de ellas, sin permiso alguno, y verlas rondando por ahí como lo haría Pedro por su casa, sin culpas mediáticas (porque las penas y las culpas se sostienen unas a otras) me di cuenta que eso de que ahogarlas en alcohol, es más bien ponerlas a flote, a vista y paciencia del resto del mundo, y hay penas que francamente, es preferible permanezcan en estado catatónico en el fondo del alma misma.
Esa última vez, la de las penas pavoneándose con descaro, representé por enésima vez el papel del borracho, en su peor dimensión dramática, la del borracho llorón.
Si la pasé mal, o la pasé bien, pues no podría decirlo a ciencia cierta, sé que lo peor de este demonio que me posee de vez en cuando, es que se la hace pasar mal a los que en esa desgraciada hora están conmigo; claro han habido y siempre habrán, almas caritativas que te consuelan, te cargan, te dan agua en vasos descartables, porque los de vidrio no rebotan contra el piso, o las paredes, y hasta te recojen el pelo para cuando vayas a vomitar no te embarres y termines luciendo peor que mujer golpeada y abandonada a su suerte en el Centro de Lima.
El indulto lo otorgaron varios Piscos Sours, algunos whiskies que me coqueteaban sin verguenza alguna desde la mesa del buffet; por ahí una botella de vino tinto, que, solitaria ella, me pedía compañía, y quien puede negarse si la noche no sólo es propicia, sino descaradamente oportuna.
Tranquila con el alcohol; escuché que me decía Fa; pero Fa se fue temprano.
Había música, y gente que veo todos los días. Me sentía entre eufórica y con ganas de mandarme a la mierda por esa tristeza absurda que me venía consumiendo hacía varios días. En el baño del lugar, me miré en el espejo de frente a los ojos y me di permiso para perderme un rato: Ok, si te quieres cagar, hazlo, pero hazlo ahora y ya no me jodas. Es en momentos como estos que me siento una versión femenina de mr Hide, total hace horas maté al doctor Jeckill.
Y me fui a la mierda. Cuando me di cuenta, ya no había más alcohol, no tenía como desaparecer de donde estaba, y lo que es peor, aún no tenía donde irme.
Recordé que Fa me había invitado gentilmente a largarnos de ese lugar para terminar la fiesta en un karaoke. Odio los karaokes; le dije en ese momento. Un par de horas después, la llamé, ebria como estaba para preguntarle que cómo era, y donde quedaba el bendito lugar.
Lo que sucedió después es la típica secuencia de incongruencias que de alguna manera el hecho de estar ebria te hacen pensar que no son tan malas.
Odio a tu hermano con toda mi alma.
Por qué me tienen que pasar estas cosas a mi?.
No necesito segunda madre, ya tengo una.
Y la peor de todas: Te quiero como no tienes idea, aunque no tengas la menor idea de quien es el cuerpo que te sostiene contra el suyo para que no termines de morir en plena avenida.
Llegué al lugar, gracias a la hermana del genio de la botella. Recuerdo que se la hice pasar mal, desde decirle que su hermano era un retrasado mental, mono- neural, hasta que lo odiaba pero que no recordaba porque razón exactamente, para finalmente intentar probarme a misma que aún estaba a tiempo de iniciar una nueva carrera como doble de cine. Intenté dos veces saltar del carro en movimiento.
En la puerta del local me esperaban Fa, su novio, dos amigas de ellos y un tío con el que me había revolcado hasta hacía una semana exactamente.
Loca, el huevón se está gileando a una flaca, así que si no te afecta todo bien.
Uhmm?, Tendría que afectarme?. No veo por qué.
En la entrada hay un cartel con luces de neón rosadas con fondo negro, que dice algo en letras japonesas, las que no sólo no lograba leer, sino que también me mareaban por completo.
Bajamos. El local está en un sótano. Es terriblemente típico de estos lugares toparte con el despintado marco dorado de las puertas, flores de plástico en tonos amarillos, focos enormes en el recibidor, alfombra azul o roja manchada de alcohol, comida, pisadas de mugre entre otras inidentificables, y por supuesto gente que se instala en los asientos de cuero negro, y que van desde el que parece mafioso en la barra acompañado de una piernona de boca roja, hasta los locos eclécticos que hacen música y se entretienen matando canciones ajenas en cubículos privados.
Mi actuación fue bastante accidentada. Se levanta el telón, yo en escena preguntando por el baño. Donde está el baño?; continúa con mis entradas y salidas del escenario como quien cambia de vestuario en una obra de teatro. Regresaba al espacio que habían reservado estos tíos para que ni bien me había sentado, lloriquear un rato y vuelta correr a cambiar de personaje, a exorcizarlo, matarlo, poner en práctica mis conocimientos de entomología y descuartizar las penas que se habían convertido en bichos con patas de largas, patas cortas, antenas agudas, trompas rizadas, pelos minúsculos y alas rotas, y ahogarlas a la fuerza ya no en alcohol, sino en agua, porque fue lo único que me permitían beber entre acto y acto.
No era una simple y sencilla borrachera, era mi tarea del colegio, un deber conmigo misma, el auto exorcismo que nos merecemos de vez en cuando.
Olvidaba mencionar que la música para la obra fue bastante variada desde the strokes, hola yola y una canción de parchis que por esas cosas extrañas del alcohol, aún retumba en mi cabeza.
No recuerdo como salí de ese lugar. No recuerdo como llegué a mi casa. Recuerdo si, a mi hermana cuando pasé a recogerla como a las 4:30 de la mañana y a su amiga, viéndome como si fuese una aparición de mi misma.
Ya no era mr Hide, pero tampoco terminaba de ser el doctor Jeckill y aún estaba lejos de volver a ser yo, o quien soy cuando no me alejo del centro.
Toda esta historia sucedió hace ya varios días.
Como recuerdo de esta experiencia conservo algunas patas de penas-bicho para observarlas detenidamente; así quizás pueda comprender porque duele tanto expulsarlas.
