Me he cansado de repetirme una y otra vez que los muertos se quedan donde están, ahí en medio de la nada o de la materia descompuesta que los rodea y que de alguna forma extraña, se convierte en vida para algo más.

Ojalá así sucediese con la memorias incómodas, las que se interponen en medio de los pensamientos cotidianos y las obligaciones asignadas que nos someten día a día. Es una pena la verdad, porque a veces imagino que sería mucho más fácil ser como el hombre bicentenario, abrir mi cabecita y retirar de ella cuanto pensamiento impertinente o recuerdo agobiante se me cruza en el camino del imaginario, por ejemplo ahora mismo, la única manera que tengo para no recordar sucesos de hace 15 días atrás, es la de tratar de escribir escuchando para mayor deleite de mi alma en pena a Chavela Vargas cantándome sin ninguna verguenza “El último trago”. Lástima, no tengo un chip instalado en la cabeza, o en alguna parte del cuerpo para ser retirado y reemplazado por algo que sea más práctico, menos doloroso pero sobre todo, insensible a cualquier cambio climático, emocional, hormonal y hasta laboral.

Y lo peor, es que “Hago de todo para no recordar”.
Si, es verdad, a estas alturas hasta puedo escribir el manual del perfecto abandonado, con fecha de caducidad incluida, manual con acepciones e impunidad, la impunidad del abandonado del que que no es querido (ni requerido), del que es dejado de lado por ser negrito, como dice mi amigo Pierre.

He aquí algunos de los puntos que incluiré si es que alguna vez me animo a publicarlo:

Manual de la mujer abandonada.
No te cortes las venas, te queremos ¿ya?

Capítulo I. El shock de la noticia.
Alucina que ya no sé que quiero. Osea, si te quiero, me gustas, pero no sé.
Frente a esto lo más probable es que termines trabajando sin descanso, odiándote por no tener tiempo para ir al gimnasio, para escribir, pensar, dormir, comer, pero lo que si puedes es sentir como se derrumba tu mundo alrededor del resto del mundo.

Anotación al pie de la página:
Hoy me siento como un globo de helio que de un momento a otro atravezará el cielo gris de esta ciudad sin ser visto salvo por aquellos niños malvados que le arrojan piedras a los pajaritos en los parques.

Capítulo II, La Frustración, ese golpe bajo que no te permite reaccionar.
Si tengo plata, te juro por Dios que me corto el pelo, me hago la lipo, me pongo tetas y me cambio de nombre, pero como soy pobre sólamente me queda ir al terapeuta.
He pasado largas horas hablando con mi terapeuta; he gastado una fortuna en escuchar lo que ya es obvio, y me he sentido miserablemente afortunada por no tener que tomar pastillas convencionales como Silvia Plath; y sin embargo por más rabietas que haya hecho, por más insultos y maldiciones que haya proferido contra el aludido aún me queda esta sensación de no pertenecer si no al club de las pre-divorciadas, esas que sin habernos casado, ya nos estamos separando.
Conclusión: Siempre estoy buscando a mi futuro ex.

Capítulo III, La Rabia.
Te juro que ahora si lo rompo todo
Y claro he roto mi dieta, mi agenda donde apunté sus números, mis fotos imaginarias donde nos besábamos al borde de un canal en Venecia, los horarios de vida, el cronograma, el contrato del depa, el nombre de nuestro primer hijo.

De tomar gotas homeopáticas y globulitos para estabilizar no sé si mi alma, mi conciencia, mi corazón, mi mente, ¿o qué?, a pegarme una borrachera pasional espantosa hay dos botellas de diferencia.
Todavía me funciona. Lo que no me funciona es dejar de lado esa parte agresiva por la que si por mi fuese reventaría todo a patas; si y no precisamente en este orden:
. Al taxista de taxi Corona, por impuntual, impertinente, y de pasada a la recepcionista mononeural que
contesta el teléfono
. Al conductor de la combi, de la “S” que me saca de donde vivo, por no tener nunca cambio de diez soles.
. A mis vecinos que hacen el amor con descaro cuando una duerme, y que para colmo del mal gusto,
escuchan a Luis Miguel mientras tiran.
. Al tío de la boletería del cine como en “No sos vos, soy yo”, por preguntarme si estoy sola.
. A Emilio, mi gato que no hace sino llorar para que lo dejé entrar al dormitorio. Gato malo!!!
. Pero sobre todos, y en primer lugar, reventarlo a el a patadas por ser tan pequeñito, cerrado, imberbe,
circunspecto, minúsculo, y cobarde; pero sobre todas las cosas por no quererme ni un poquito.

Anotación mental: no existe pócima, bruja, fórmula mágica que valga para zurcir por enésima vez un corazón acostumbrando al vapuleo constante y arbitrario.

Capítulo IV, La tristeza.
Escuchar “ Angel Eyes” de Sting cuando estás tan blue no es la mejor de las opciones.
Pero si es una buena oportunidad para poner en movimiento esos kilotes de gracia que se vienen acumulando en todo tu ser. He aquí algunos de los ejercicios recomendados por un entrenador sin corazón:
1. Caminar como autómata ciego, sordo y tarado por calles plagadas de árboles, por eso de que oxigenan los pulmones.
2. Mirar las estrellas, y contarlas todas.
3. Echarse con los brazos abiertos en un jardín.

Aclaro que eso hice, caminé, busqué las estrellas y caí rendida en un jardín , pero lamentablemente fue sobre caca de perro que no se alcanza a ver a las 8 de la noche de un día domingo.
La tristeza es tan inesperada como la soledad misma. No quieres ver a nadie, no quieres hablar, y si no sabes como activar tus glándulas lacrimales pues estamos hablando de muchas horas de terapia y rehabilitación post trauma., y las caminatas sin pensamientos en ese momento no existen, pareciera que toda la tristeza y soledad de tu mundo brincaran a tu lado como en día de feria con un par de amigos.

Lapsus: Además de caminar como automata, grité, lloré, me revolqué como cerdo en el jardín de la avenida central, hasta que llegó un carro enorme para regar las plantas y me mojó de pies a cabeza a las 10 de la noche; claro, luego gentilmente me llevó mi casa, así empapada como estaba.
Menos mal que tenía puesto un sostén grueso.

Capítulo V, Negación de la negación, o me tiro al primero que me diga algo bonito. Ah que si!
Pasos:
1. Salir a la calle un sábado a la noche, como a las tres de la madrugada.
2. Producirte como si no te sucediese nada, como si no tuvieses un agujero en mitad del pecho y todas las lágrimas del mundo cargadas en una bolsa de papel escapando de ella sin reparo alguno.
3. Bailar como posesa, de preferencia frente al espejo del local.
4. Que te presenten a un hombrecillo precioso, casi semi dios, mezcla de minotauro y Hércules
5. Tirártelo (cargar siempre con las precauciones del caso, por si acaso).
6. Mientras bailas el mambo horizontal, LLORAR.
Te dice cosas lindas, Y VUELVES A LLORAR, porque te acuerdas del tipo que originó todo este
mamotreto y que no se entera de tu existencia patética fornicando con un tercero.
7. Huir como rata de cola roja, pensando que cojuda que soy, que sueño tengo, que ganas de que me
secuestren los marcianos. Que bueno que estaba este tipo.

Lamentablemente aún no llegó al capítulo final, ese donde te cuento como se soluciona toda la historia y encuentras el amor en tu vida, la paz, el ying y el yang perfectos, el capítulo en el que renaces como el Ave Fénix de entre las cenizas de tu propia miseria; aún no llegó porque creo me faltan unos días más para curarme del todo, o poner en práctica el plan de contingencia ese que nunca debería fallar:
Continuar con tu vida como la habías planeado hasta antes de conocer al huevón que te desarmó la estantería, seguir adelante con tus responsabilidades de adulto , permitir que todo siga su rumbo natural, y que para eso valgan verdades, no se necesita manual de instrucciones o chips de programador, de ningún tipo, ni siquiera de los importados.