El hombrecito del libro
Anoche estuve en la despedida de una persona por la que siento, sentía y no sé si seguiré sintiendo (una vez más en la vida) que puedo mover el mundo, cambiar de orientación su eje, mudar de piel y renacer como esos insectos maravillosos que dejan la piel antigua, la exubia, para mostrarse como individuos nuevos y más atractivos, cambiar mi propio nombre, que curiosamente, me gusta, por cualquier hasta por el de Rosa que detesto y hasta convertirme a los dictámenes y normas del musulmán si acaso el me lo pedía, pero nunca lo hizo, y nunca lo hará porque no se puede hacer que la gente se enamore de uno o que por lo menos te quieran un poquito tal como lo hace uno.
Y me sentía extraña, tanto como la última vez que ví a alguien por quien también moría en cómodas cuotas, saliendo con quien es ahora su esposa. En esa lejana ocasión, la tristeza me duro más de lo previsto, pero fue con eso que viví, que me di cuenta que uno no puede dictaminar el periodo de duración de las emociones, no se pueden programar, no puedes decirle al corazón que deje de sentir, no hay forma de que lo entienda, tiene voluntad propia, entonces los lacrimales adormecidos, despiertan para inundarlo todo y convertirte en una versión en carne y hueso de lo que popularmente se conoce como alma en pena.
Y finalmente ha sucedido lo mismo, con la increíble coincidencia que el se va también, a otro país, a buscar una nueva vida, y probablemente a reencontrarse con quien iba a ser su esposa, no lo sé, pero me lo imagino y me duele el estómago y me dan ganas de llorar.
Como le dije a Pierre a la hora del almuerzo: me siento como una cucaracha con una flecha de fuego en medio del pecho.
