¿Y si me hago una lobotomía?
A mi me habían dicho que uno nunca se debe enamorar de alguien que no esté a la altura de las circunstancias, o del nivel de vida que tienes, y también que jamás te fijes en quien tenga los zapatos sucios, pero como siempre he hecho todo lo contrario a los dictámenes de la razón, la lógica, y las buenas costumbres, me he enamorado de personajes tan disímiles y extraños que con ellos podría armar tranquilamente el álbum de figuritas de lo bizarro en candidatos para convivencia, y no es porque yo sea convencional, no lo soy, pero ellos tampoco eran precisamente dechados de virtudes, más bien tenían muchas de las manías, neurosis y crisis sobre las que no te advierten y que en realidad más vale tener en cuenta a saber si se bañan, usan perfume caro o tienen los zapatos limpios.
A mi mamá se le olvidó mencionar, por ejemplo, que a la gente no se le mide o valora por como se ve, sino por cuan neuróticos, egoístas y medianos son, pero también que el querer a alguien realmente significa aceptarlo con todas sus mierdas, como las paranoias del escritor, el egoísmo e inmadurez del pintor o la soledad del actor.
Mi padre que es es gerente financiero de un hotel, y trabaja como loco, no le gusta la música brasilera, y si las guarachas y el fútbol, (que detesta mi madre) siempre fue así, y ha sido el único hombre en su vida. Se casaron cuando eran muy jóvenes y siempre los he visto juntos, a veces peleaban mucho, todavía pelean, pero han vivido tantas cosas que a estas alturas del partido cuando he visto a mi padre llorando por ella como si fuese un quinceañero, me hizo pensar hace un par de años atrás, que en realidad la valoración sobre la gente que quieres tener a tu lado cuando despiertes es otra.
Definitivamente me importaron tres cuernos si alguna vez conocía a alguien que tuviese el pelo largo, los ojos azules y vivía recolectando insectos, tampoco me importó si tenía las manos manchadas de pintura o vivía en un hueco de 3x3 que es mucho decir, si era argentino y mucho mayor que yo, o actor, o escultor, músico, filósofo; no me importaba, lo que si cobraba importancia era cuando a la hora de hablar del compromiso (que te venden para dejar en claro que eres un ser humano que necesita compañía humana), lo primero que hacían era huir, dejar todo y finalmente romperme el corazón.
Pensé entonces que tal vez mi madre tenía razón sobre eso de los zapatos sucios, y la altura para llegar a la circunstancia, que imagino como esa rayitas que se marcan en el marco de la puerta para saber cuanto has crecido, pero me equivoqué otra vez, porque me enamoré de alguien que se parece a mi padre, que trabaja en algo que no tiene nada que ver conmigo, pero que tampoco deja salir sus emociones, y que por el, además, hice algo que jamás había antes hecho por nadie: le regalé mis memorias, en forma de libro que dibujé porque creí que esa sería la mejor manera de hacer que siendo tan lejano a mi manera de vivir, me viese con ojos distintos.
Doble resultado; primero, si me vio con ojos distintos, pero nunca tanto como para morirse por mí. Segundo, idéntico al primero, pero con agravante: JAMAS MORIRA POR MI.
He descubierto algo importante sobre mis reproches obsesivos, y he llegado a una sana conclusión: No regalo más mi corazón, ni mis memorias, no se usa creo. No los prestó otra vez, tampoco los alquilo, o remato. No es un buen negocio, pues.
El primero, ese músculo en forma de puño, porque de tan parchado que está, parece ya, un trabajo mal encaminado de patchwork, y lo segundo, mis memorias, porque de tantas amanecidas que vengo cargando ( y por las que vendrán) las neuronas que me quedan, prefiero conservarlas para mí.
La próxima vez que le regalé algo a alguien para conversar hasta las 6 de la mañana será un perfume caro, un par de medias de diseño, tal vez una corbata de inspiración tipo Keith Haring, así por lo menos sé, que no voy a andar por la vida parchada como la novia de Frankenstein.

languidstillness dijo
:(
18 Marzo 2006 | 07:47 PM